Poiêsis II
Julio 23, 2007
Como toda sensación de engaño que se precie en consideración comienza por uno mismo. Primero volteas una y otra vez algún detalle que encuentras insignificante pero que le das vueltas hasta el infinito; lo recoges por el costado izquierdo, luego por el derecho, le das la vuelta y comienzas de nuevo. Así te puedes pasar días y días contemplando el paisaje de tu ventana pero sin mirar realmente nada. Las mismas casas, los mismos vecinos tendiendo ropa, el imbécil que saludas todos los días y que por las tardes te hace pensar lo miserable que llega a ser la especie humana: un grito, dos gritos, tres gritos, el mundo es un grito de multicolor. Aún quedan las risas de los niños del tercero. A todo el vecindario les resultan estentóreos, pero uno agradece las voces salidas fuera de cualquier impostura, y más si son las únicas que vas a poder oír no sólo durante lo que resta del día, si no en muchas semanas. Me dijo que se llamaba Marta. Para mi las Martas habían sido sinónimo de chicas no demasiado guapas, con mirada honesta, una pizca de timidez y medio kilo de mala leche. Esta era preciosa, ojos azules, alta, un poco delgadita y carne de gimnasio de lunes a jueves. Su intento de parecer descuidada vistiendo se frustraba cuando dejaba el bolso y la chaqueta en la silla contigua y veías que las dos piezas suponían tu sueldo de tres meses. ¿Fueron regalos? No, y rotundamente no. En el momento que sonó su móvil salió de su bolso por el arte y magia de cogerlo con la mano un modelo finlandés de última generación con cámara incluida y dos millones de aplicaciones explicadas hasta la saciedad por prensa y televisión; el precio, mes y medio de mi sueldo.
Comenzó la conversación de forma suave, no conmigo, si no con su interlocutor telefónico. Yo distraídamente cogí el diario arrugado por los nervios y el sudor y lo abrí por la primera página que mi inútil disimulo pudo. Sucesos, bonito nombre para describir miserias. En mi tercera línea de una noticia que detallaba como un juez en una sentencia por hurto inquiría al acusado diez días de arresto domiciliario, y éste le indicaba que vivía en su furgoneta, Marta alzaba su tono de voz con una sentencia:
-No se te ocurra volver a pasar por allí.
Alcé la mirada pero en cuanto ella hacía el ademán de mirarme volví otra vez a mi postura de hombre cabizbajo centrado en la lectura. En ese momento mis odiosos oídos me pusieron en estado de alerta:
-Maite, tengo que volver a verte.
Han pasado ya tres días desde aquello y aún estoy estupefacto.
Poiêsis I
Julio 18, 2007
Ahora estarás leyendo estas líneas. Discúlpame si mi prosa no es nada ágil y te resulta poco clara, nada más es producto del cansancio derivado de muchas noches sin dormir o como mucho durmiendo mal y poco. Tampoco aspiro a que comprendas todo lo que te quiero decir, ya que eso resultará imposible. No cuestiono tu capacidad de entendimiento, ni mucho menos, es la imposibilidad mía y de todos de plasmar los mas pequeños recuerdos en un escrito, sean largos o cortos forman parte del presente y como tales no pueden ser el reflejo de los sucedido; el mecanismo que todos llevamos desde que nacemos nos alarga o comprime, los hace felices o desdichados, nos sitúa como actores principales o somos meros observadores. Decirte ahora, aquí, todo lo que pienso que he vivido sería mentirte a ti y a mí. También sería una mentira la interpretación que sustrajeras de lo que pudieras leer: tu imagen, tus recuerdos distorsionarían mis imágenes como los míos hacen con los tuyos. No pienses que hemos vivido vidas separadas, siempre juntos pero ajenos el uno del otro, nada más lejos de la realidad. Lo hemos hecho todo pensando siempre en el otro, en la búsqueda de la felicidad del prójimo para que revertiera en la nuestra; pero cuando me he dedicado a indagar en varios recuerdos, aquellos que siempre pensé que eran los más significativos, nunca eran los mismos. Tan cambiantes han sido los cambios de ánimo que no hasta hoy no he sabido cual de las versiones era la cierta.
¿Recuerdas aquel viaje en tren que pasamos en silencio todo el trayecto? Antes de ayer por la noche pude contar todos los latidos de tu corazón, pausado, sosegado, arropándome en su cadencia. Ni siquiera la interrupción del revisor hacía descompasar su marcha serena. Los dos mirando hacia el infinito y viéndonos al mismo tiempo. La luz del atardecer que nos acompañó al principio dejó paso a un hermoso crepúsculo, mientras las ciudades desaparecían una a una llevándonos a los campos que tú habías recorrido de niña subida en la bicicleta con tu padre.
Todo esto se alargó durante más tiempo que el propio viaje. Mi mente, mi inconsciente, o las propias ganas de mentirme, algo que nunca sabré, hicieron recrearme en el recuerdo de aquel viaje, mi primer viaje contigo. En cambio, hasta hace dos noches siempre recordaba el viaje como una prueba. Tu silencio y el mío era la primera de tantas batallas que ganaste. Nunca me acostumbré a pasar horas y horas sin decirnos absolutamente nada. Mirándonos y apenas acariciándonos. Pienso que para ti sería maravilloso. Para mi no lo era hasta antes de ayer. Curioso que ahora estás tan lejos.