Poiêsis IV
Octubre 21, 2007
Podrían haber pasado cien lustros que no creo que me hubiese llamado. El motivo porque no lo hizo nunca lo supe. Teoremas
rondaban por mi cabeza buscando respuestas de todo tipo, aunque siempre llegaba a la misma conclusión, no le interesaba. Pertenecer a dos grupos sociales tan dispares, no me veía en las fiestas de sus amigos hablando de las vacaciones en Sotogrande cuando yo llevaba tres años sin salir de la urbe porque mis ingresos me daba lo justo para sobrevivir. También podría ser que esperase una llamada mía, soy presa fácil pero estos juegos pueriles tienen unas reglas establecidas y si hubiese descolgado el teléfono para marcar su número sabía que estaba descartada una segunda cita. Otra teoría era que había desaparecido de los lugares que frecuentaba ¿y cuales eran? por culpa de aquella llamada molesta. Todo esto estaba acabando con mi paciencia, llegando a la determinación de que
debía olvidarme de ella y enfocar mi rumbo hacia la siguiente sorpresa que me deparara el destino. Volver a las lecturas estancadas, o retomar la sana práctica de los paseos por la ciudad sin recorrido fijado, zambullirme entre la marea de gente de esta inmensa ciudad, o visitar a algún viejo amigo que casi
me tenía por desaparecido. Pasada una o dos horas, mirando por la ventana perdido en todo tipo de elucubraciones, ni tan siquiera me entorpecía la mirada de una vecina cuarentona mientras tendía la ropa, aquella que me sorprendió desnudo en la habitación mientras me levantaba y consiguió quitarme un sueño que sería dura presa de cuatro cafés matutinos, además de ver como experimentaba un rubor cercano al ridículo. Ella siempre que subía a su terrado, que quedaba un poco por debajo de la puerta del balcón de mi habitación. Una puerta de cristal. Cristal al que no le dedicaba toda la atención que merecía, pero que dejaba ver lo escuálido de todo mi ser. Seguro que ella no me ocultaría su nombre con otro y tampoco negaría que su almohada la compartida.
Poiêsis III
Octubre 7, 2007
Aún mi incredulidad por lo sucedido estaba ansioso esperando su llamada. Ni que decir que me finiquitó los más rápidamente posible. Una sonrisa forzada hasta la extenuación no hizo más que enfatizar su malestar por la conversación telefónica. Me hubiera gustado tener un espejo para poder contemplar el rosario de caras, gestos y disimulos que hice en aquel aparatoso rato. Empezó explicándome algo sobre el buen gusto que tenía vistiendo, ¡yo!, pero era una mera forma de no ser grosera por su parte. Le agradecí que no hiciera lo que una y otra vez los humanos utilizamos como punzón para romper el hielo o para alargar la incomodidad de una conversación, hablar sobre el tiempo. Nos quejamos profusamente de la utilización por parte de la televisión de la información meteorológica como un juego interactivo de pantallas y gráficos, dándoles un valor que sólo tiene importancia si nos va a condicionar algún suceso extraordinario. Si tenemos que coger el paraguas cuando vamos al trabajo no nos molesta la lluvia, es una mera extensión del desacuerdo que nos impone es obligación a quedarnos en la cama bien dormidos. Y si hace sol pensamos qué bien estaría dar un paseo y no metido entre cuatro paredes que nos insatisface un día sí y otro también.
Quedó en que me llamaría. Le supo mal tener que marcharse pero le había salido un imprevisto. Cuando me dijo te llamo, lo hizo mirando fijamente a mis ojos, con cara de mandato, su mano en mi hombro intentando transmitir no seguridad. Más bien era un mandato inquisitorio, un intento de sometimiento: esto es lo que hay y puedes ir acostumbrándote. Yo me acostumbraría a sus despedidas siempre y cuando me diera la espalda, ese trasero era la primera de mis perdiciones o el azuelo más descarado que más fácilmente había picado. En cuanto cruzó la calle y paró el primer taxi, ella antes de entrar se giró sabiendo perfectamente mi ubicación: Petrificado de pie en el mismo sitio donde me había dado dos besos de despedida. Ni siquiera se molestó en hacer el ademán de que iba a pagar, ya que no le dio tiempo a pedir nada y aunque lo hubiera hecho sabía que no iba a permitírselo, yo estaba ansioso por hacerlo.
Poiêsis II
Julio 23, 2007
Como toda sensación de engaño que se precie en consideración comienza por uno mismo. Primero volteas una y otra vez algún detalle que encuentras insignificante pero que le das vueltas hasta el infinito; lo recoges por el costado izquierdo, luego por el derecho, le das la vuelta y comienzas de nuevo. Así te puedes pasar días y días contemplando el paisaje de tu ventana pero sin mirar realmente nada. Las mismas casas, los mismos vecinos tendiendo ropa, el imbécil que saludas todos los días y que por las tardes te hace pensar lo miserable que llega a ser la especie humana: un grito, dos gritos, tres gritos, el mundo es un grito de multicolor. Aún quedan las risas de los niños del tercero. A todo el vecindario les resultan estentóreos, pero uno agradece las voces salidas fuera de cualquier impostura, y más si son las únicas que vas a poder oír no sólo durante lo que resta del día, si no en muchas semanas. Me dijo que se llamaba Marta. Para mi las Martas habían sido sinónimo de chicas no demasiado guapas, con mirada honesta, una pizca de timidez y medio kilo de mala leche. Esta era preciosa, ojos azules, alta, un poco delgadita y carne de gimnasio de lunes a jueves. Su intento de parecer descuidada vistiendo se frustraba cuando dejaba el bolso y la chaqueta en la silla contigua y veías que las dos piezas suponían tu sueldo de tres meses. ¿Fueron regalos? No, y rotundamente no. En el momento que sonó su móvil salió de su bolso por el arte y magia de cogerlo con la mano un modelo finlandés de última generación con cámara incluida y dos millones de aplicaciones explicadas hasta la saciedad por prensa y televisión; el precio, mes y medio de mi sueldo.
Comenzó la conversación de forma suave, no conmigo, si no con su interlocutor telefónico. Yo distraídamente cogí el diario arrugado por los nervios y el sudor y lo abrí por la primera página que mi inútil disimulo pudo. Sucesos, bonito nombre para describir miserias. En mi tercera línea de una noticia que detallaba como un juez en una sentencia por hurto inquiría al acusado diez días de arresto domiciliario, y éste le indicaba que vivía en su furgoneta, Marta alzaba su tono de voz con una sentencia:
-No se te ocurra volver a pasar por allí.
Alcé la mirada pero en cuanto ella hacía el ademán de mirarme volví otra vez a mi postura de hombre cabizbajo centrado en la lectura. En ese momento mis odiosos oídos me pusieron en estado de alerta:
-Maite, tengo que volver a verte.
Han pasado ya tres días desde aquello y aún estoy estupefacto.
Poiêsis I
Julio 18, 2007
Ahora estarás leyendo estas líneas. Discúlpame si mi prosa no es nada ágil y te resulta poco clara, nada más es producto del cansancio derivado de muchas noches sin dormir o como mucho durmiendo mal y poco. Tampoco aspiro a que comprendas todo lo que te quiero decir, ya que eso resultará imposible. No cuestiono tu capacidad de entendimiento, ni mucho menos, es la imposibilidad mía y de todos de plasmar los mas pequeños recuerdos en un escrito, sean largos o cortos forman parte del presente y como tales no pueden ser el reflejo de los sucedido; el mecanismo que todos llevamos desde que nacemos nos alarga o comprime, los hace felices o desdichados, nos sitúa como actores principales o somos meros observadores. Decirte ahora, aquí, todo lo que pienso que he vivido sería mentirte a ti y a mí. También sería una mentira la interpretación que sustrajeras de lo que pudieras leer: tu imagen, tus recuerdos distorsionarían mis imágenes como los míos hacen con los tuyos. No pienses que hemos vivido vidas separadas, siempre juntos pero ajenos el uno del otro, nada más lejos de la realidad. Lo hemos hecho todo pensando siempre en el otro, en la búsqueda de la felicidad del prójimo para que revertiera en la nuestra; pero cuando me he dedicado a indagar en varios recuerdos, aquellos que siempre pensé que eran los más significativos, nunca eran los mismos. Tan cambiantes han sido los cambios de ánimo que no hasta hoy no he sabido cual de las versiones era la cierta.
¿Recuerdas aquel viaje en tren que pasamos en silencio todo el trayecto? Antes de ayer por la noche pude contar todos los latidos de tu corazón, pausado, sosegado, arropándome en su cadencia. Ni siquiera la interrupción del revisor hacía descompasar su marcha serena. Los dos mirando hacia el infinito y viéndonos al mismo tiempo. La luz del atardecer que nos acompañó al principio dejó paso a un hermoso crepúsculo, mientras las ciudades desaparecían una a una llevándonos a los campos que tú habías recorrido de niña subida en la bicicleta con tu padre.
Todo esto se alargó durante más tiempo que el propio viaje. Mi mente, mi inconsciente, o las propias ganas de mentirme, algo que nunca sabré, hicieron recrearme en el recuerdo de aquel viaje, mi primer viaje contigo. En cambio, hasta hace dos noches siempre recordaba el viaje como una prueba. Tu silencio y el mío era la primera de tantas batallas que ganaste. Nunca me acostumbré a pasar horas y horas sin decirnos absolutamente nada. Mirándonos y apenas acariciándonos. Pienso que para ti sería maravilloso. Para mi no lo era hasta antes de ayer. Curioso que ahora estás tan lejos.