Yo quiero uno.

diciembre 3, 2007

La tentación ilegal de los inhibidores de móviles

Una tarde de principios de septiembre, un arquitecto se subió a su tren de cercanías y se convirtió en vigilante de teléfonos móviles. Se sentó junto a una mujer de unos 20 años que, según dijo, estaba “cotorreando” por teléfono. “Utilizaba la palabra ‘como’ continuamente. Parecía una pija”, dice Andrew, el arquitecto, que rehusó dar su apellido porque lo que hizo era ilegal.

Andrew metió la mano en el bolsillo de la camisa y pulsó un botón de un dispositivo negro del tamaño de un paquete de tabaco. Éste envió una potente señal de radio que interrumpió la transmisión del teléfono móvil de la cotorra, y la de cualquier otro que hubiese en un radio de nueve metros. “Siguió hablando durante unos 30 segundos, hasta que se dio cuenta de que al otro lado no había nadie escuchando”, dice Andrew. ¿Cuál fue su reacción cuando descubrió por primera vez que podía ejercer ese poder? “¡Caramba! Liberación”.

A medida que se ha disparado el uso del teléfono móvil, una banda de rebeldes pequeña pero cada vez más numerosa recurre a una contramedida contundente: el inhibidor de teléfonos móviles.

La tecnología no es nueva, pero los exportadores de estos dispositivos dicen que la demanda va en aumento y que cada mes envían cientos de ellos a EE UU, lo cual ha motivado la vigilancia de los legisladores federales y preocupación en el sector de la telefonía móvil. Los compradores incluyen dueños de bares y peluquerías, hoteleros, propietarios de teatros, conductores de autobús y, cada vez más, usuarios del transporte público.

El fenómeno está desatando una batalla por el control del espacio aéreo al alcance del oído. Los usuarios insensibles imponen su bulla a la gente indefensa, pero los inhibidores no sólo castigan a los infractores, sino también a interlocutores más discretos. “Si hay algo que caracteriza al siglo XXI es nuestra incapacidad para contenernos en beneficio de los demás”, afirma James Katz, director del Center for Mobile Communication Studies en la Rutgers University, Nueva Jersey. “El usuario de móvil cree que sus derechos están por encima de los que le rodean, y el que perturba considera que los suyos son los derechos más importantes”.

La tecnología de interferencia funciona enviando una señal de radio tan potente que los teléfonos se saturan y no pueden comunicarse con los repetidores. Su alcance varía, y los dispositivos cuestan entre 30 y varios cientos de euros. Los modelos más grandes pueden dejarse activados para crear una zona sin llamadas.

Utilizar los inhibidores es ilegal en Estados Unidos. Las radiofrecuencias utilizadas por los propietarios de teléfonos móviles están protegidas por la ley federal. La Comisión Federal de Comunicación afirma que los usuarios de perturbadores de móviles podrían recibir multas de hasta 7.500 euros por una primera infracción. Su oficina legal ha procesado a varias empresas estadounidenses por distribuir los aparatos, y también pretende procesar a sus usuarios.

Los propietarios de móviles pagan decenas de miles de millones de euros por arrendar frecuencias del Gobierno con la condición de que otros no interfieran en su señal. “Es ilógico que cuando la demanda de una mejor cobertura móvil por parte de los consumidores de aparatos inalámbricos es clara y manifiesta, este tipo de dispositivos estén encontrando un mercado”, afirma Jeffrey Nelson, portavoz de Verizon.

Los propietarios también plantean un problema de seguridad pública: los inhibidores podrían ser utilizados por delincuentes para impedir que la gente se comunique en una emergencia.

Gary, un terapeuta de Ohio que también se negó a dar su apellido, dice que las interferencias son necesarias para desarrollar su trabajo con eficacia. Dirige sesiones de terapia de grupo para pacientes con trastornos alimentarios. En una sesión, la confesión de una mujer se vio interrumpida bruscamente por una llamada. Hace cuatro meses, Gary pagó 135 euros por un perturbador. Les dice a sus pacientes que si esperan una llamada de emergencia, den el número de recepción. No les ha comentado nada sobre el aparato.

Kumar Thakar, que reside en Mumbai, India, y vende perturbadores en la Red, dice que cada mes exporta 20 unidades a Estados Unidos, el doble que hace un año. Los clientes incluyen a propietarios de bares y peluquerías, y un conductor de autobús escolar de Nueva York llamado Dan. “Los chavales se creen muy listos agachándose en el asiento y utilizando el teléfono”, escribió Dan en un correo electrónico a Thakar, agradeciéndole la venta del aparato. “¡Ahora los niños no entienden por qué no funcionan sus teléfonos, pero no pueden preguntar porque se la cargarían!”.

Andrew, el arquitecto de la zona de San Francisco, dice que al principio utilizaba el inhibidor por diversión. Ahora lo usa con más criterio. “En este momento, el mero hecho de saber que tengo el poder para interrumpir la llamada de alguien es satisfacción suficiente”, asegura.

Fuente: El País

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2 comentarios to “Yo quiero uno.”

  1. ana said

    Lo feliz que serías con uno, ehn????

  2. Endora said

    Me lo pido para el Caga Tió, pa el árbol, para el Papi Noel, pa los Reyes y para Santa Teresita Campos.
    Por cierto, ¿donde te metes?

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